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Esperanza de la Torre

Facilitadora en procesos autoinmunes

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Una parte de mi historia

Mi nombre es Esperanza, y hoy quiero contarte mi historia. Al compartirla me gustaría que conectes, no tanto con lo que supone tener una enfermedad autoinmune, sino con la posibilidad que reside en tu interior de sanar. Pero no quiero adelantarme. Vayamos por partes. Comencemos por el principio.

 

Hace 10 años tuvo lugar en mi vida un evento que marcó un antes y un después: me diagnosticaron una enfermedad autoinmune sistémica, Síndrome de Sjögren. Esta enfermedad a su vez me causó otra enfermedad, una Hepatitis autoinmune. Tenía 30 años y toda la vida por delante, pero yo me sentía un despojo humano.

 

Cada día era un duro tránsito que resultaba difícil de entender por las personas que me rodeaban, y que parecía no tener fin. Además, según me habían informado, a medida que fueran pasando los años, todo resultaría más difícil y doloroso.

 

Durante los primeros años me quedé en la abnegación y el rechazo más profundos, victimizando mi sufrimiento. Sin embargo, un día elegí otra opción, transformar todo lo que me estaba ocurriendo en algo superior a mí misma. Fue un día en el que me tocaban unas pruebas de control, dado que uno de los tratamientos prescritos me podía dejar ciega.

Algunas veces recuerdo esas horas y lo que pasó en esa sala de espera. La verdad es que no tuvo lugar ninguna iluminación, ni ninguna experiencia extracorpórea, ni nada por el estilo. Y, aunque no hubo nada que lo evidenciara de manera inequívoca, aquel día se sembró una semilla de poder personal enormemente fértil y poderosa.

Estaba en la sala de espera cansada de que cada poco se repitiera el mismo protocolo de pruebas, médicos y resultados. Allí, con todos mis síntomas a flor de piel, se produjo un cambio trascendente. La incomodidad y la desesperación de mi propio dolor fueron los que hicieron darme cuenta del sinsentido frente al que me encontraba: se aseguraban de que no me estaba quedando ciega por la medicación que tomaba para unos dolores que no desaparecían.

Esa idea penetró dentro de mí y dejó en impactante calma un mar que solo había sido tormenta. Porque fue el hecho de que mis síntomas fueran intratables lo que me ayudó a despertar, permitiéndome buscar y encontrar mi propio camino y convertirme en mi propia sanadora.

 

A partir de ahí, de manera progresiva y con una fuerza y una fe que no creí tener, comencé un viaje de curación y autodescubrimiento que permitió que todos esos síntomas limitantes, desoladores y frustrantes desaparecieran, y que hoy, con 40 años, me encuentre infinitamente mejor que con 30.

No te voy a mentir. Me sentía sola, llena de dudas y con miedo por las consecuencias de cada decisión que tomaba. Mi viaje fue una travesía por el desierto cuya cantimplora no disponía de agua, pero yo la llené de fe.

Y fueron la fe y mi propia capacidad las que me permitieron entender que tenía el poder de la elección; que podía quedarme donde estaba, o podía encontrarle sentido, transformando el por qué en un poderoso para qué.

 

Tomé conciencia de que disponemos en nuestro interior de una fuerza que parece no tener fin; que nos conforman aspectos, visibles y no visibles, que nos permiten buscar nuestro propio camino cuando el que transitamos parece volverse un infierno. Y, entonces, descubrí que la enfermedad me había mostrado que tenía tanto por aprender y hallar que, en realidad, la vida me había dado un regalo, y que solo tenía que aceptarlo para empezar a disfrutarlo, para empezar a vivir.