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¿Qué hacer cuando tienes metástasis? Y qué tiene esto que ver con tu enfermedad autoinmune

Un tema que resulta fundamental conocer cuando se tiene un proceso autoinmune es la actitud frente a la enfermedad, sobre cómo la forma de encararla resulta determinante para poder salir de ella. Quizá, entre estas líneas, encuentres una nueva manera de relacionarte con tu proceso, y puede que esta nueva relación te permita salir victoriosa de ella.


Puedes leer este post mientras te tomas algo; o puedes escucharlo aquí, y mirar el cielo. Tú eliges ;-)



UN CASO IMPACTANTE

Hoy, reflexionando sobre qué podría resultarte interesante leer en el blog, recordé una conversación que tuve hace un tiempo sobre un caso que me contaron, y pensé que era importante compartirlo contigo, no tanto para darte mi punto de vista, sino para que te pares a reflexionar sobre el tuyo. Y es que, al final, la forma en que tú veas este caso será la forma en que muy probablemente estés tratando tu proceso autoinmune.


La historia es breve. Hace unos meses cogí un avión para ir a visitar a unos amigos. Pasé unos días con ellos, y entre las múltiples conversaciones que mantuvimos sobre todo tipo de cosas, recuerdo una en especial que se me quedó grabada, y que me hizo entender la forma en que nos enfrentamos a la vida en general, y a las enfermedades en particular. Porque de eso iba, de la decisión que había tomado una compañera de trabajo de mi amiga a la que le habían detectado metástasis del cáncer que había padecido hacía un tiempo.


El caso era que esta compañera de trabajo se había incorporado hacía unos meses tras superar un cáncer que le habían diagnosticado. Sin embargo, en un chequeo posterior le detectaron que el cáncer había vuelto a aparecer; tenía metástasis.


DECISIONES QUE MARCAN LA DIFERENCIA

Tras las consabidas condolencias de los que allí estaban reunidos escuchando a mi amiga por la triste noticia, dado que se trataba de una persona joven, le siguió una respuesta de admiración y comprensión con respecto a lo que esta persona había decidido hacer pasados unos días de recibir el diagnóstico: no quería coger una baja, quería seguir trabajando.


Según nos comentaba mi amiga, esta persona no quería quedarse en casa más que lo justo y necesario cuando empezara el tratamiento. Porque quedarse en casa supondría no tener nada que hacer, comerse la cabeza con lo que pasaría o dejaría de pasar con respecto a su enfermedad. Para todos lo que estaban presentes escuchando a mi amiga, la forma en que había procedido la chica era más que comprensible e, incluso, hasta admirable. Y yo mientras pensaba “¿de verdad? ¿de verdad creéis que eso va a ayudarla en su proceso?”

Quizá estarás pensando que mi postura de que no trabajara era para que aprovechara los meses que le quedaban porque yo ya la daba por desahuciada, o para que se centrara en luchar contra su enfermedad tomando una alimentación alcalina de zumos, batidos y superalimentos, y que se dedicara a meditar a diario. Pero no. Lógicamente ni que se quedara en casa ni que siguiera trabajando le podían asegurar que iba a superar definitivamente el cáncer. Sin embargo, los motivos por los que se había decantado por seguir trabajando no tenían muy buena pinta.


Esa persona había decidido seguir en su puesto porque no quería quedarse en casa dándole más vueltas a la cabeza de las que inevitablemente le iba a dar. Y en parte era comprensible. El miedo que cualquiera tendría estaba detrás adueñándose de sus decisiones. Un miedo más que justificado porque enfrentarse a uno de los dos posibles escenarios era aterrador. Solo había dos posibles salidas. No había más opciones; no había más alternativas. Además, cuando uno oye la palabra metástasis, parece que la balanza se decanta de forma inexorable hacia la muerte. Parece que es la última pequeña oportunidad que te da el cuerpo para agarrarse uno a la vida.


¿PARA QUÉ HA LLEGADO LA ENFERMEDAD?

Y ella había decidido que la mejor manera en que podía hacer esto era intentando seguir con su día a día, como si nada hubiera pasado, dentro de lo que las circunstancias le permitían. Pero mi pregunta era, y ahora que estás tú leyendo te la hago también a ti, la siguiente: ¿el volver a trabajar para no pensar en el tema iba en ayudarle a algo? Para mí, como ya te he comentado, no. Y te voy a explicar por qué.


Lo más probable es que el médico hubiera hablado con ella sobre el tratamiento que iba a seguir, sobre las posibilidades de éxitos, sobre las esperanzas que no debía perder, sobre los efectos secundarios que iba a experimentar, sobre el trabajo en equipo que harían para que saliera adelante, etc. Pero la idea de seguir y no parar que ella y mucha gente tiene con respecto a su enfermedad no es ni mucho menos la solución. Evitar enfrentarse a lo que no quería enfrentarse no la iba a salvar.


Porque, nos guste o no, la enfermedad no llega para que sigas con tu vida como si nada. De hecho, esto de seguir tal cual es imposible. Incluso con un simple catarro podemos ver que literalmente, en mayor o menor medida, tenemos que parar. Con un catarro no dejamos de estornudar y de sonarnos; no hay forma de que no tosamos cientos de veces al día; no podemos evitar llevarnos la mano a la frente en más de una ocasión para comprobar si tenemos fiebre; quizá hasta nos cueste tragar saliva por el dolor de garganta que tenemos; etc.


Todos estos minúsculos, pero molestos síntomas afectan la rutina queramos o no: somos más lentos en cualquiera de nuestras tareas, nuestra paciencia disminuye considerablemente, nos cuesta mantener una simple conversación, no dormimos bien y nos levantamos cansados, tenemos que dejar de hacer algunas actividades para no ponernos peor, tenemos que dejar de ver a gente para no contagiarla, etc. Nuestra vida cambia, por unos días, pero cambia. Así que, si esto ocurre con un simple catarro, ¿cómo será en el caso de un cáncer con metástasis?


La enfermedad interrumpe para llamar tu atención, para que le apliques interés a eso “nuevo” que te está pasando, para que inviertas energía en eso que te está pidiendo que observes. Porque, como hemos visto, queramos o no, es inevitable ponerle atención a eso que está ocurriendo. Ahora la forma en que se la ponemos y a qué se la ponemos es lo que marca la diferencia.


Desde la persona que tiene claro que solo la medicina alopática ha hecho los estudios y avances necesarios, que dispone de la tecnología y recursos precisos, hasta aquella que cree que es más inteligente aunar lo bueno que nos proporcionan cada una de las medicinas y terapias que tenemos a disposición hoy en día, todas tienen que invertir energía en el proceso de curación de su enfermedad.


Van al médico, se someten a un tratamiento, toman medicinas (sean del tipo que sea), quizá intentan alimentarse mejor o implementar la práctica de la meditación, algunas utilizan la acupuntura y toman suplementos de hierbas, aceites esenciales, etc. Todas ponen su voluntad en el objetivo de eliminar su enfermedad.


DE LO QUE NO VA Y DE LO QUE VA TODO ESTO

Sin embargo, nos quedemos en casa o sigamos trabajando, nuestras energías se dirigen a eliminar los síntomas porque pensamos que los síntomas tienen como objetivo destruirnos, eliminarnos, cuando es todo lo contrario. (Recuerda que en ebook que tienes disponible de manera gratuita hablo de este tema de que el síntoma no es nuestro enemigo).

En general, la gente enfoca su energía en eliminar el mensaje que trae la enfermedad. Es como tener una deuda y quemar la carta que Hacienda le envía avisándole de un embargo. Quemar la carta no significa que la deuda esté saldada. Lo mismo pasa con la enfermedad: eliminar el síntoma no va a hacer que la enfermedad desaparezca. De hecho, eso es lo que ocurre con la metástasis. Eliminaron los síntomas del cáncer, pero la enfermedad no desapareció. Encontró la manera de volver a llamar la atención y lo hizo con el siguiente paso, se metastatizó.


Entonces ¿qué pretende la enfermedad al hacer acto de presencia? Como hemos dicho, lo que quiere es que te pares y atiendas a eso que no estás atendiendo. La enfermedad quiere que hagas ese cambio pendiente, que te enfrentes a eso que temes, que hagas lo que hasta ahora no has sido capaz de hacer. La enfermedad no llega para que evites tus pensamientos, tus miedos, tus silencios, tus demonios; no llega para que sigas con tu vida como si nada. De hecho, intenta por todos los medios, por los síntomas posibles, que eso no sea así.


Y todo esto es aplicable a tu proceso autoinmune. Y mi intención con estas líneas no es decirte que te pongas a trabajar o que te cojas una baja, sino que te pares, que intentes ver todo este proceso con otros ojos porque si estás en él, si sigues en él, habrá que hacer algo diferente para que las cosas cambien un poquito. Porque querer seguir en tu rutina, hacer todo lo posible para que la enfermedad no te pare, y esto te lo digo por experiencia, no es la forma de dar un paso más allá.


La enfermedad decide tocar a tu puerta para que amplíes tu horizonte, llega para que hagas ese cambio de mirada tan necesario y, en ocasiones como ésta, vital para alcanzar tu objetivo: transmutar la enfermedad. De eso se trata, de no cargarte los síntomas pensando que será la forma de eliminar la enfermedad, sino que se trata de ir más allá, de transmutarla. (Y sobre este tema de trasmutar la enfermedad, si te interesa, hablaré en otra ocasión).


Un abrazo,





P.D.: y ¿qué opinas tú de todo esto? Déjame tu opinión en los comentarios, me encantará poder leerte.


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