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Cuando tu enfermedad autoinmune trae consigo síntomas intratables

Hace años tuve la suerte de que los dos peores síntomas que tenía a causa de una de mis enfermedades autoinmunes no tuvieran remedio con el tratamiento que me habían prescrito los médicos. Y, aunque te podría contar esta historia en detalle, me interesa más centrarme en cómo este hecho está relacionado contigo y lo que puede significar para ti.


Puedes leer este post mientras te tomas algo; o puedes escucharlo aquí, y mirar el cielo. Tú eliges ;-)



No hace falta que sepas los detalles de mi historia (aunque si te interesa la tienes aquí) para contarte que tenía dos enfermedades autoinmunes: síndrome de Sjögren y hepatitis autoinmune. Pues bien, como consecuencia, a diario lidiaba con varios síntomas. Sin embargo, los que para mí resultaban ser los dos peores eran el cansancio extremo y los dolores por todo el cuerpo. El resto era una nimiedad si los comparaba con los protagonistas de la historia.


Quizá tú también tienes estos síntomas o incluso peores. Así que, como bien sabrás, para este tipo de agotamiento no hay medicación alguna. Para mi desgracia en ese momento, no había una pastilla que me diera energía, que me llenara de fuerzas, que me proporcionara lo necesario para poder vivir la vida de una persona normal. Por otra parte, para los dolores, el tratamiento que me mandaron no hacía efecto.


SÍNTOMAS INTRATABLES

Además, ese tratamiento venía acompañado de bastantes efectos secundarios, pero había uno que destacaba por ser bastante importante y frecuente, la ceguera. Me podía quedar ciega. Al principio ni reparé en el hecho de que tuvieran que hacerme controles oculares de manera regular por el peligro de la medicación. No obstante, según fue pasando el tiempo, para mí el perder la vista resultaba inimaginable, y no sabía si me compensaba sinceramente. Nada de lo que estaba pasando tenía sentido. Parecía que tenía que elegir entre dos alternativas, pero ¿valía la pena de quedarme ciega por no tener unos dolores que no desaparecían?


¿Sabes lo curioso de todo? Pues que yo no decía nada de esos dolores porque me daba miedo que se creyeran que me los inventaba y dejaran de intentar ayudarme porque ¡¿cómo era posible que con esa medicación tan potente siguiera sintiendo ese dolor a diario?! Pero, de la misma manera absurda, también me daba miedo de que sí me creyeran y me mandaran algo aún más fuerte y, entonces, pasáramos al siguiente nivel en el que ya no sabía contra qué efectos secundarios tendría que lidiar.

Como te podrás imaginar en aquel momento, hace ya unos cuantos años, no tuvo nada de positivo ni de maravilloso que no me quedara más remedio que aguantar continuos dolores y arrastrar un cansancio que parecía no tener fin. Además de lidiar con dos enfermedades autoinmunes y todos los síntomas que implicaban, me hallaba en una lucha interna sobre cómo gestionar aquella situación que se prolongaba en el tiempo.


A lo largo de estos años, he conocido a muchas personas con enfermedades autoinmunes que se toman una medicación que les permite llevar una vida bastante buena, sin que su día a día se vea prácticamente alterado (más allá del hecho de tener que tomar un tratamiento y seguir unos controles). Quizá sea tu caso. Quizá no. Yo, ¿para qué te voy a mentir? en ese momento, habría dado cualquier cosa por haber tenido la misma suerte.


EL DARSE CUENTA

Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que ese hecho, de que no hubiera solución, fue un regalo gigante, quizá uno de los más importantes de mi vida. Y no dudo de que puedes estar pensando que soy una exagerada o, incluso, que se me va un poco la cabeza, pero te puedo asegurar que es todo lo contrario.

Cada una de las cosas que ocurrieron en ese momento en mi vida, es decir, que no hubiera tratamiento para eliminar el cansancio extremo, que la medicación que me tomara no me hiciera efecto, que a mí me diera miedo decir que seguía sintiendo dolores, etc. hizo que me diera cuenta de que no podía esperar encontrar la solución fuera, no podía esperar que nadie me curara.


Los años que habían transcurrido me estaban demostrando que las cosas no iban a mejorar en ese sentido. Así que todo eso que estaba ocurriendo y que me estaba haciendo sufrir física, emocional y espiritualmente me llevó a una situación en la que no me quedó más remedio que buscar dentro de mí.


Estos hechos que viví con tanta pesantez, tristeza y horror fueron los que me incitaron a iniciar un viaje que me transformaría por completo. En ese momento ni siquiera era consciente de la decisión que estaba tomando. Simplemente sabía que no podía seguir como estaba. No tenía fuerzas, pero sabía que tenía que encontrar una alternativa.


Y ese viaje que inicié fue el que me permitió estar hoy por hoy libre de enfermedades autoinmunes. Sin cansancio, sin dolor, sin ningún otro síntoma, sin medicación, sin nada que me impida hacer la vida que quiero.


UNA SANADORA INTERNA

Todas llevamos una sanadora interior. Determinadas circunstancias de la vida se dan para que nosotras la potenciemos. Porque en nosotras reside la doble cara de una misma moneda: la enfermedad y la capacidad de sanarla.


Y comienza un camino de sanación que te lleva por muchos momentos. Este camino es viaje que haces con paradas, con cambios de sentido, con atajos que crees que te ayudarán y que te muestran que no era por ahí por donde tenías que tirar, con nuevos obstáculos, con rincones donde permanecer el tiempo suficiente para recuperar fuerzas y seguir adelante... Y durante este viaje se produce una sanación física y una sanación que no tiene que ver con el cuerpo.


Y tomas consciencia de que los mayores retos y los mayores obstáculos son los que nos muestran un camino diferente que no habríamos sido capaces de ver de no ser por ellos. Esos son los que van desarrollando tu capacidad de sanación, son los que te guían por el camino. Son los que te ayudan a plantearte preguntas que te llevan al siguiente nivel: ¿cómo quiero seguir sanándome yo?


UN MARAVILLOSO REGALO

La enfermedad autoinmune es un obstáculo de por sí, un obstáculo que trae consigo otros muchos que te impiden llegar a la cima de la montaña que querías escalar. Al principio cuesta recibir esto que la vida te entrega sin alternativa de devolución o cambio. Uno no es capaz de sentirlo como un regalo.

Pero, según inicias ese viaje de sanación, descubres que lo que te trae el no poder llegar a la cima de la montaña es un mundo de posibilidades que se transforman en otras cimas mucho más altas y gratificantes que esa inicial que tú creías haber elegido.

Así que, si quieres iniciar ese camino de sanación, te toca mirar esos escollos y esas piedras con otros ojos porque, al final, esto de la sanación no va de cambio profundo, de cambiar de vida por completo, de dejar de ser tú. Esto va de cambiar la mirada, y con ese simple (y complicado) gesto serás capaz de transformar tu mundo.


Cuando empezamos a ver la vida así, no desde la resignación, sino desde una renuncia serena, eres capaz de empezar a sostenerte a ti misma, a tus límites y a tus anhelos. Te empiezas a abrir a la posibilidad de que el no llegar a la cima sea, efectivamente, un maravilloso regalo.


Un abrazo,





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