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Sanar una enfermedad autoinmune: qué fue lo que hice (Parte 2)

En el último post te comentaba con bastante detalle qué era lo que había motivado a tomar acción con respecto a mis enfermedades autoinmunes. Si no sabes de qué te estoy hablando, te recomiendo que empieces leyendo mi historia (aquí puedes encontrar cómo empezó todo) y también la primera parte de este post (te dejo el enlace aquí) para que te puedas situar, y así lo que leas a continuación tenga sentido.

Como te comentaba entonces, muchas veces la gente me pregunta que qué hice exactamente para haber conseguido estar como estoy a día de hoy. Hoy comparto contigo cuáles fueron los primeros pasos que di y que me permitieron empezar a cambiar la realidad que estaba viviendo por aquel entonces.

Puedes leer este post mientras te tomas algo; o puedes escucharlo aquí, y mirar el cielo. Tú eliges ;-)



LA ALIMENTACIÓN

Tras unos años totalmente perdida, un día tomé consciencia de que tenía que hacer algo si quería que esa situación cambiara (de ese día te hablo, en mi historia). A partir de ahí, de esa toma de consciencia de que tenía que hacer algo, empecé a focalizarme totalmente en la alimentación.


Y es que empecé a darme cuenta de que lo que comemos, de verdad, es un factor determinante en nuestra salud física y emocional. Porque hasta ese momento, en realidad, para mí el tema de la alimentación era con una idea con la que estaba de acuerdo, pero que nunca había profundizado ni integrado por tu propia experiencia.


Hasta entonces, la alimentación era un tema que tenían que tener en cuenta poco más que las personas con patologías muy muy concretas, como un diabético o una persona con colesterol alto. Pero, como te digo, empecé a tomar consciencia de que era algo mucho más potente y poderoso.


A partir de ese momento, hice, como dijo Hipócrates, que mis alimentos fueran mi medicina; y mi medicina, mis alimentos. Y sinceramente no fue un camino fácil, pero de este tema te hablaré con detalle en otra ocasión.

Pasado un tiempo, viendo ya progresos increíbles, decidí formarme en Coaching nutricional en el Institute for Integrative Nutrition de Nueva York, para no solo tener más herramientas que me permitieran mejorar todavía más, sino para poder ayudar también a otros. Porque en ese momento, me empezaba a dar cuenta que estaba descubriendo todo un mundo con el que estaba experimentando un cambio de salud tan importante que tenía que encontrar la forma de poder ayudar a otros a experimentar esa transformación.


Durante todo ese tiempo seguía formándome de manera autodidacta y poniendo en prácticas herramientas y recursos que me parecían que tenían fundamento suficiente como para aplicarlos en mí misma. Así que lo que hice siempre fue centrarme especialmente en los efectos de la alimentación en la salud de una persona con una enfermedad autoinmune.

Todos los cambios que fui implementando requirieron tiempo, ya que especialmente los últimos años había terminado descuidando mi alimentación hasta un punto del que no era consciente. Yo pensaba que no comía tan mal. Me permitía algún capricho de vez en cuando, pero, en general, presumía de una alimentación bastante sana y equilibrada. Nada más lejos de la realidad.


LIMPIANDO Y ALCALINIZANDO MI CUERPO FÍSICO

Sin embargo, con paciencia, perseverancia y mucha fe empecé a ver de manera progresiva los resultados. Cambié mi alimentación por completo, hacía curas, limpiezas de hígado, aplicaba enemas e intentaba mantener mi cuerpo lo más limpio y alcalino posible.


Mi cuerpo se iba encontrando cada vez mejor. Los síntomas parecían ser más suaves. Parecía que estaba permitiendo que el cuerpo se sanara, y eso me ayudaba a seguir trabajando por lograr mi objetivo: deshacerme de mis enfermedades. En ese momento pensaba que eso era lo que tenía que conseguir. En ese punto eso era lo que yo pensaba que tenía que hacer, deshacerme de mis enfermedades.


No te voy a decir que todo fue un camino recto hacia delante, que fluía todo perfectamente, y que lo tenía todo claro. Qué va. Tenía dudas y experimentaba retrocesos y épocas en que mis síntomas parecían aflorar con más fuerza que nunca, y parecía que todo lo que estaba haciendo no servía realmente. Pero sentía que la alternativa, tirar la toalla y aceptar la realidad, era peor que seguir intentándolo.


Así que, según fue pasando el tiempo y mi investigación se iba ampliando, intenté utilizar técnicas que pudieran contribuir a mejorar aún más mi estado de salud, y a que esos brotes y retrocesos fueran menores. Fue cuando eché mano de la medicina ortomolecular, la naturoterapia, la fitoterapia, la iridiología, la homeopatía, las flores de Bach, realizaba ayunos de frutas los fines de semana y ayunos a base de batidos, pero utilizando siempre como base lo que comía y hacía a diario.

Sin embargo, según experimentaba con la alimentación y todas las terapias y técnicas que se ponían a mi alcance, más sentía que había otros factores además de la alimentación, actividad física regular, vivir sin estrés, una gestión emocional adecuada, etc. que no se tenían en cuenta y que formaban parte fundamental del proceso.


UNA NUEVA PUERTA

Fue cuando empecé a descubrir un mundo de posibilidades y a interesarme por ellas con la esperanza y la ilusión de que marcarían un punto de inflexión en mi proceso hacia la curación. Asistí a conferencias y asistía cursos de distinta índole como los registros akashicos, el método Silva, curso Zen de Suzanne Powell, etc.


Sin duda alguna, había hecho grandes avances en cuanto a mi estado físico. Mi entorno más cercano no se podían creer la diferencia en mi estado de salud y en cómo estaba cambiando progresivamente mi vida.

Pero, desgraciadamente, seguía teniendo algunos problemas que estaba empeñada en resolver. Sabía que mi perseverancia había sido una herramienta clave durante todos esos años, y que me ayudaría a seguir en ese viaje. Era consciente de que sin ella no habría llegado tan lejos porque, a la más mínima contradicción, al más mínimo revés o contratiempo, lo habría abandonado todo. Y hubo muuuuchos. Te lo aseguro.


Así que continué por ese camino y empecé a investigar la importancia que tenía la energía en mi cuerpo (sobre este tema te hablé en el post ¿Qué representa la energía en tu enfermedad autoinmune?). Acudí a distintas terapias y realicé cursos con la intención de poder ayudar a otros en sus propios procesos. Quería ofrecer el mismo abanico amplio con el que yo me estaba sanando.

Durante esos años probé diferentes terapias como la bioresonancia, el yumeiho, la limpieza de chakras, los pares biomagnéticos, el Qi Gong, la acupuntura, la terapia craneosacral, y un largo etcétera. Sin embargo, aunque empezaba a sentir más paz y tranquilidad, y los cambios a nivel físico ya hacía tiempo que eran más que evidentes, sentía que las cosas no terminaban de encajar. Parecía que había una pieza que estaba mal colocada. Esa pieza a su vez hacía que las otras piezas del puzzle no estuvieran en el lugar adecuado para conformar la imagen de mi vida.


BUSCANDO LA SIGUIENTE PIEZA

Seguía formándome y haciendo cursos, acudiendo a distintas terapias con la finalidad de encontrar la lupa que me ayudara a encontrar esa pieza que estaba fuera de lugar. Pero no había forma. La perseverancia nuevamente me mantuvo en el camino.

También hubo épocas de descanso. Durante estos períodos me olvidaba de probar nuevas terapias, de averiguar técnicas desconocidas por mí, de escuchar charlas, conferencias o lo que fuera, o de leer libros o artículos para profundizar en alguna idea reciente.

Lo que hacía durante esos períodos era mantener las pautas de alimentación que me habían servido después de tantos años (este tema requiere un post independiente que compartiré contigo en breve) y las herramientas que realmente me habían aportado y me seguían aportando algo. Me tomaba mis descansos con la intención de recuperar fuerzas, ya que esa búsqueda externa en ocasiones resultaba extenuante. Cuanto más tiempo pasaba, más agotador me parecía y más agotada estaba yo.

Era consciente de que todo lo que experimentaba y aprendía se acumulaba en mi proceso de mejora, de que todo sumaba, pero algunas veces era inevitable hacerme la pregunta “¿a costa de qué?”. No era solo el desembolso económico que implicaba, sino el desembolso emocional y espiritual. Hubo muchos momentos en los que sentía que la mayoría de las técnicas y herramientas que estaba usando y aplicando no me aportaban lo que yo buscaba, no eran la solución.

Y en parte así fue, pero esto te lo cuento el próximo día.

Hasta entonces, te mando un abrazo,




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