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Sanar una enfermedad autoinmune: qué fue lo que hice (Parte 3)

En el último post te contaba cuáles habían sido los primeros pasos que di cuando tomé consciencia de la necesidad de hacer algo que me permitiera transformar mi realidad de aquel entonces: dos enfermedades autoinmunes, un síndrome de Sjögren y una hepatitis autoinmune.

Si no sabes de qué te estoy hablando, te recomiendo que empieces leyendo mi historia (aquí puedes encontrar cómo empezó todo) y también la primera parte y la segunda parte de este post (te dejo el enlace aquí y aquí respectivamente) para que te puedas situar. Hoy comparto contigo lo que aconteció según me adentraba más y más en un viaje que ya había empezado a transformar mi vida de una forma que jamás creí posible.


Puedes leer este post mientras te tomas algo; o puedes escucharlo aquí, y mirar el cielo. Tú eliges ;-)

ABRIENDO LA CAJA DE PANDORA

Habían pasado más o menos siete años desde que había iniciado ese viaje y sentía que necesitaba avanzar más. Había llegado un punto en el que la búsqueda era tan desesperante que resultaba agotadora. Cuando tienes sed y tu cuerpo necesita agua, cualquier otra cosa que le des, por saciante que parezca y resulte ser inicialmente, a la larga solo te produce más sed. Y eso es lo que me había pasado en los últimos años.

Así que ahí estaba, queriendo avanzar más, con una idea clara del siguiente paso porque me rondaba por la cabeza prácticamente desde que había comenzado mi aventura. Y, en realidad, ese otro paso era como estar delante de otro vaso, que no sabía si su contenido me iba a saciar solo temporalmente o, por el contrario, era agua fresca de manantial. Para averiguarlo, tenía que beber, tenía que avanzar.

Como te decía, ese nuevo paso había rondado en mi cabeza desde prácticamente el comienzo de mi viaje. Sin embargo, no fue hasta ese momento, siete años más tarde, en el que me sentí preparada e incluso llamada, por decirlo de alguna manera, a hacerlo. Te hablo de un ayuno. Y era uno un tanto especial, bastante diferente a los que había realizado hasta el momento.

Éste era un ayuno propiamente dicho, puesto que consistió en unos 10 días, que terminaron siendo 12, en los que lo único que ingerí fue agua. Nada de ensaladas, ni zumos, ni batidos, ni caldos, ni nada de nada. Solo agua.


Contarte mi experiencia con el ayuno me podría llevar todo un post, la verdad (si te interesa, házmelo saber en los comentarios o escríbeme un email). Sin embargo, lo importante para lo que hoy quiero es que sepas que ese ayuno marcó un antes y un después en mi búsqueda, pero no por lo que supuso el ayuno en sí, que lógicamente también tuvo su contribución física, sino por lo que supuso para mí experimentarlo y vivirlo a nivel mental, emocional e, incluso, espiritual.

El ayuno hizo que mi mundo se desmoronara. Tal cual. No es que sea un efecto de hacer ayunos. Cada uno lo vive de una forma muy distinta. En mi caso, cuando regresé a mi casa, a mi trabajo, a mis rutinas, a mi vida, simplemente no podía continuar como si hubiese dado a la tecla de la pausa. No, era imposible darle de nuevo al play y continuar con la película como si nada.

El año que transcurrió tras mi ayuno fue la época más dura de mi vida. Al poco de llegar, me di cuenta de que nada volvería a ser igual. Simplemente veía como cada día se desmoronaba una pieza más del puzzle que yo era, y que durante esos últimos años había cuidado tanto.

Veía como ocurría eso con asombro, sintiéndome impotente porque no podía hacer nada por evitarlo. Y, a la vez, tenía la certeza de que tenía que ser así aunque no me gustara en absoluto. No sabía por qué estaba ocurriendo eso, ni para qué. No sabía cómo iba a hacer para soportarlo ni cómo haría para volver a montar todo ese puzzle que nunca había estado tan desmontado.

Pero sí sabía que ese era mi camino, que era irremediable, que no había forma humana de que fuera de otra manera, que había llegado donde tocaba para hacer lo que yo, en el fondo de mi corazón y el sentir profundo de mi alma, sabía que tenía que hacer. De alguna manera, para mí resultaba ser el precio que tenía que pagar si quería seguir por ese camino de sanación y de ayuda.




NUEVAS HERRAMIENTAS, UNA NUEVA ETAPA

Así que empecé un recorrido a ciegas. Busqué y encontré las herramientas necesarias para adentrarme más y más en los oscuros recovecos donde nunca antes había llegado un rayo de luz. Me adentré con sudor y muchas lágrimas porque verme frente el dolor, sostenerlo yo sola y seguir adelante parecía una tarea imposible de realizar. Tuve que ponerme delante de lo que había, no huir, sino profundizar más y más. Y saber que no dejaría de hacerlo a partir de ese momento.

Sin embargo, vivenciar todo eso me llevó a transcender mi enfermedad en el plano físico a unos niveles que no creí posibles. Según iba adentrándome más y más en esas capas profundas de mi ser, iba encontrando aspectos que se habían quedado enquistados en mi vida. Sin saberlo, se habían formado heridas que no habían sido tratadas con amor y con el mimo necesario para que sanaran.

Me adentré y empecé a entender cada uno de los síntomas que sin lógica aparente aparecían en mi cuerpo. Y esto me permitió entender la enfermedad, la salud y la vida desde un ángulo totalmente diferente, desde un sentir tan hermoso que parecía que ese caos inicial se había vuelto sublimemente bello a mis ojos.

Era como si hubiera conseguido quitarme unas gafas que no me correspondía llevar. Mi vista era perfecta, pero yo había aceptado la creencia de que era defectuosa. Entendí que mi cuerpo, a través de los distintos síntomas que experimentaba, me mostraba aquello que no me había permitido experimentar conscientemente.

Empecé a percatarme de que cada vez que aparecía un pequeño malestar o molestia debía atenderlo; que, sin yo saberlo, mis enfermedades autoinmunes habían empezado dándome avisos; avisos que yo no supe atender porque en principio eran pequeñas tonterías que aparentemente no tenían relación unas con las otras y que, una vez resueltas con el tratamiento adecuado (ya fuese una pastilla, una pomada, un inyectable, una intervención quirúrgica, o lo que fuera), el problema había desaparecido para siempre.

Sin embargo, al quitarme esas gafas innecesarias, me di cuenta de que todo eso que no había sido atendido me había llevado a desarrollar dos enfermedades autoinmunes, además de otros muchos problemas de salud importantes.

A partir de ese momento empecé a percatarme de que esos síntomas me estaban dando una información que debía ser tenida muy en cuenta. Cuando llevaba consciencia a ese proceso, todo volvía a su equilibrio original.


Y entonces, comprendí que la enfermedad no era el problema, que mis síntomas no eran el enemigo, que yo no era débil, que no era que tuviera una genética pésima o que tuviera mala suerte, sino que todo seguía un orden perfecto que había desconocido hasta entonces.

Fue en ese momento cuando se abrieron las puertas de un caos que era orden y de un orden que era caos, un universo que me llevaba a las entrañas más profundas de mi ser para, a continuación, descubrir todo lo que me rodeaba. Entendí que la vida era una escuela hermosa sin manual, que debía vivenciar guiada por la luz que mi corazón empezaba cálidamente a emitir.

(No te pierdas la última parte de este relato donde compartiré las conclusiones prácticas de este viaje y las herramientas exactas que me permitieron transformar mi realidad. Si quieres que te avise de su publicación, pincha aquí para suscribirte a mi newsletter.)

Un abrazo,




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